viernes, 22 de marzo de 2013

Sobre esa insoportable (realmente insoportable) levedad del ser


El drama abyecto de la sensualidad que nos devora cada día convirtiéndonos en la especie más mezquina nos hace merecedores del oprobio del que nos quejamos pero con el que contribuimos para que los espectadores nos rechacen cada noche en este show atroz de destrucción mutua que incansablemente representamos cual horda de desenfrenados enajenados guiados por el apetito básico que nos identifica cruelmente y que nos mete a todos en el mismo saco que pretenden desaparecer para supuestamente conseguir un mundo ideal que, me he dado cuenta, no existe ni existirá jamás. Se ha perdido la guerra entre nosotros mismos, entre nuestra particular moralidad libertaria y nuestros principios de hippies desfasados, compuesta de múltiples batallas infames en donde el respeto es una palabra vacía de significado en un diccionario de la voluntad que desconocemos por cerrar los ojos del raciocinio ordenador y abrirnos a la voluptuosidad pérfida, la fidelidad es un sinsentido de siglos pretéritos que pocos quieren añorar para entregarse a la liviandad del XXI que queremos vivir egoístamente, el afecto sincero es cursilería barata que nadie compra, la vida en pareja es un ideal de película extranjera que nada tiene que ver con nuestro hiperrealismo maravilloso de basura amontonada en las calles de la desconfianza, las lágrimas no cuentan y la amistad es ignominia.  Vivir entre tanta sustancia descompuesta se ha vuelto más que en un trauma existencial de bacteria agonizante, en una muerte diaria infeliz en la que eres clavado, espinado y  lanzado en el costado por el soldado que no tendrá tiempo de arrepentirse y que promete un eterno retorno a la inmundicia si tienes la osadía de abrir los ojos cada mañana. No puedo, simplemente no puedo. Quiero echarme a descansar, olvidarme de todo, detenerme, desandar, volver al feto culpable que quería ser abortado y que fue obligado a nacer para sentir el dolor acumulado de las generaciones que se fueron sin recibir el castigo merecido, ese dolor que será mayor mañana porque, la vida, al parecer, no se paga de otra manera. Me voy (como si fuera fácil, como si solo eso bastara) y no quiero volver.

1 comentario:

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Emilia